¡ Y QUE VIVAN LOS RESTAURADORES !
¡ Y QUE VIVAN LOS RESTAURADORES !
Restauradores, Apostólicos, Federales netos.
...el hombre había escrito la historia misma desde su campaña en el desierto pastoril, amansando indios y fundando fuertes que más adelante serían ciudades tradicionales de la provincia de Buenos Aires. El hombre, tenía el apoyo y ¡algo más que eso! de su leal y queridísima compañera de vida. Doña Encarnación Ezcurra. Ella organizó y materializó -tal cual lo venía pergeñando- una certera, pero simbólica revuelta. Manifestó una posición y aprovechó las desinteligencias de quienes combatían a su marido, para utilizar a su favor, la cola de situaciones que traería el famoso juicio al periodico "El Restaurador de las Leyes". Ese hombre sabía que la cosa podía salir bien o terminar mal. Si vencía, quedaría expuesto políticamente, como el Hombre del federalismo neto. Federalismo que pretendía operar en un territorio con determinadas características. Con determinadas problemáticas. Un federalismo que las comprendía y que en una coyuntura realmente compleja por donde se la mire, buscó las maneras de sostenerse ante las avanzada de aquellos que pretendían dictar una Constitución a los golpes y como en otras anteriores, que la Ley beneficie por sobre todo a las oligarquías portuarias. También están las connotaciones culturales. Los federales apostólicos tenían muy arraigada la vida rural y el trato con la plebe de la campaña. No todos los que suscribieron al federalismo neto eran estancieros o terratenientes. Había hombres más relacionados con la burguesía comercial, que de todas formas se apoyan en el poder popular de Rosas. Rosas les aseguraba el orden. El necesario para seguir haciendo negocios, careciendo de la visión romántica de los apostólicos , donde para ellos la discusión era Federación o Muerte; Patria o Muerte, que en definitiva representaba lo mismo. El jefe indiscutible de ese movimiento, pagaría con el exilio, todo su compromiso para con la causa federal.
MEMORIAS DE UN EXILIADO
__ ¿Que habrá de sentir aquel que habiendo podido vivir dentro de sus posibilidades como un "duque", prefirió sacarse el polvo de los conformistas y enredarse con el compromiso de quienes buscan la paz, el orden y la justicia, sufriendo el destierro ?
... desprendiéndose como el niño que debe cortar el cordón con su progenitora, de sus raices; en definitiva del distintivo fundamental de las personas mas allá de pertenecer a la especie humana; La Patria.
Lo padecieron todos independientemente de la cosmovisión política o ideológica a la que pertenecieron. Estoy seguro que un hombre de ideas liberales como Alberdi, el exilio lo sufrió. Como lo padeció don Jose de San Martín o el general Perón. ¿ Lo habrá sufrido el "sapo del diluvio" ?
El general Rosas (así lo conocían en Inglaterra y gran parte de Europa) fue otro exiliado por cuestiones políticas. El hombre había vivido una vida entera al servicio de los suyos y de los demás. Son aquellos hombres capaces de mostrar voluntariamente su capacidad de dominio y de mando, que poseen el designio de quienes están hechos para cosas grandes. El caso de Rosas es peculiar:
¿Busco el poder? ¿fue su deseo y así lo persiguió?
Las cartas de Rosas a los padres durante y después de haber servido escrupulosamente y con una eficiencia sorprendente en el universo pastoril y en el concepto de "poblar" tal y como debe entenderse, demuestra que el hombre se sabía preparado para servir. Servir a sus padres fue su único deseo. No había en el imaginario de Juan Manuel un destino de grandeza en función de la política.
Al casarse con Encarnación Ezcurra, Rosas empleó mucho más a fondo ese concepto de servir y de poblar. Los negocios rurales, eran ahora sus negocios y con ello la emancipación de los negocios familiares. Siguió de todos modos siempre influyente en los asuntos de amigos y de los de sangre. Ese era el único deseo de Rosas. Producir, generar... trabajar. La coyuntura política que ponía en riesgo sus establecimientos lo llevó a dos cosas: crear una guardia que proteja sus estancias de los malones de indios. Más si tenemos en cuenta, su avance permanente en busca de tierras, más allá de la frontera trashumante con la indiada. Ello derivó en su eventual influencia dentro del mundo de los doctores, que veían en él, un hombre íntegro, laborioso y sinónimo de orden.
Esa relación y su inevitable poder en la campaña, lo enroscaron con la política. Desde 1829-1832 (su primera gobernación) hasta 1852 (desde 1835 hasta la fecha de Caseros) Rosas no solo acopió mucho poder, sino que se enamoró del mismo. Las victorias en el campo de la política, defendiendo la soberanía de una nación que tomaba su semblante, lo entusiasmaban, más allá de las decenas de veces donde amenazaba con renunciar. Hubo un elemento que generó en Rosas un cansancio supremo que lo iba debilitando. Gobernó durante los años más intensos y violentos de la guerra civil argentina. En esos más de veinte años, jamás descansó -con aciertos y errores- con tal de establecer y afirmar un país propiamente dicho.
Rosas se fue a Inglaterra, absolutamente agotado; traicionado, con escasos dientes y la salud quebrada. Se llevó todos los papeles públicos que le darían la razón. Se fue con una suma de dinero irrisoria, y con la confiscación de sus bienes, tuvo que emplear en Inglaterra, los conocimientos adquiridos en la pampa argentina. Ya no era un joven adulto, sino un hombre muy maduro, entrando de a poco en su senectud. Aquel hombre que no tenía grandes planes para su vida, volvía al refugio de los hombres comunes. En Inglaterra lo distinguió entre los pobladores del Farm su espíritu criollo; absolutamente desconocido por los gringos. Rosas mateaba, sembraba como criollo (al estilo argentino, donde más allá del suelo, obtenía zapallo todo el año) usaba su poncho de pampa y jineteaba como un verdadero gaucho. El orgullo de abolengo que nunca perdió, se mezclaba con las formas más vulgares de cualquier paisano de la campaña. Nunca se había olvidado de quien había sido.
EL RECUERDO DE MANUELITA
__ En el otoño inglés de 1868 don Juan Manuel recibía la visita de su hija Manuelita Rosas, su yerno Máximo Terrero y sus amados nietos (vivían en las afueras de Londres) por unos días. Rosas estaba cada vez más reticente a las visitas, pero sus nietos, su hija y Máximo le brindaban el afecto que el caudillo de todos modos necesitaba. En la diaria, el Restaurador manejaba su séquito de ayudantes, con la misma severidad para la eficiencia en las labores, que cuando manejaba la estancia Los Cerrillos. El orden, la pulcritud, la puntualidad y otras cuestiones más relacionadas a los modos obsesivos de Rosas, eran del mismo efecto que siempre. En esas retraídas tardes de octubre, frías y húmedas del Farm, Rosas evocaba entre otras cosas lo que significó su despegue político; La Revolución de los Restauradores. Despegue, nunca buscado e irremediablemente aceptado. En la carta que a continuación publicaré de Manuelita, podemos notar como ese suceso que tiene una importancia histórica relevante, era aun más, en el recuerdo de Rosas y Manuelita. Ella, que le escribe en octubre de 1868, lamenta no poder estar en esas horas donde el recuerdo parece ser un elemento permanente de Rosas en su exilio.
Para culminar, parte de la carta donde Manuelita demuestra ser, ese hada buena de un hombre que había tenido que ser inflexible, para que nosotros hoy nos reconozcamos argentinos.
5 de octubre de 1868
"Con doble sentimiento dejé ese Farm el sábado, pues que este grande e inolvidable aniversario estaba tan próximo y hubiera sido una felicidad verdadera para mí haberlo pasado a tu lado...(...) Gracias sin fin, Tatita mío, por todas tus bondades, generosidades y cariño, durante nuestra permanencia a tu lado...(...) Estábamos disfrutando de las provisiones que tu cariño nos regaló, y precisamente en este momento aún están esa, sentados en la mesa Máximo, el Maestro de los niños, González el dependiente de Calvo, que nos han ayudado a festejar el día comiendo un pastel hecho con la liebre que traje de cazada allí, y un pollo, que está cosa papa y todos han gozado mucho de la comida, dando vivas al donante y cultivador de los choclos y zapallitos, que han completado el festín, teniendo para postre un budín hecho con las manzanas que traje. (...) El canasto te lo mandaré muy pronto y con él irán algunas zonceritas en recuerdo de este gran día, cuya memoria de tus hechos gloriosos honra y enorgullece a estos tus hijos, como que tu valor heroico y esclarecidas virtudes ornan también nuestras frentes y por eso las podemos levantar con orgullo de pertenecer tan de cerca a tan grande hombre en todo caso y en todo sentido...".
Ricardo Geraci.
Fuente de la misiva: El exilio del Restaurador/ Celina Doallo.
Imágenes: Carmos Vertanessian/ Rosas, el retrato imposible
Aclaración de imagen: La mano de Rosas dentro de su saco, no responde a una relación del caudillo con la masonería, sino más bien, a la tendencia pictórica del autor, que en el caso de esta pintura, permanece anónimo.
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