" NI CALVO, NI ENCORVADO "
"NI CALVO, NI ENCORVADO"
Es interesante analizar los testimonios de quienes visitaron a Juan Manuel de Rosas en su exilio inglés y comprobar mediante el tráfico de cartas entre el caudillo con amigos o familiares que cosas desdijo y que otras ha dado por cierto.
Rosas, desde ese misterio infinito de hombre conocido personalmente por muy pocos -más allá de la notable popularidad que adquirió en su país, continente y a nivel europeo- fue siempre una especie de acertijo en función de su personalidad, físico, modos, etc. Habían tomado tanta relevancia sus acciones como estanciero, jefe de milicias y político, que el solo conocerlo, era para aquellos que lograron entrevistarse y tratarlo, una experiencia inquietante que naturalmente debido a la época, obligaron únicamente a tomar nota y muchas veces las exageraciones o malas intenciones deformaban la realidad.
En el caso de uno de los tantos visitantes, un tal Ramón Guerrero Prado, abogado y político chileno, de buenos modos y merecedor por ser escrupuloso en sus funciones de un gran prestigio en Chile. A comienzos de 1866, Rosas recibía a Guerrero y éste dejaba escrita sus impresiones. La visita y posterior mención de la entrevista (si se quiere, ya que fue más una visita de curioso) fue reproducida en un diario del país trasandino y fue publicada en el diario El Nacionalista de Corrientes. Cuando Josefa Goméz (amiga íntima en el exilio de Rosas y ferviente federal) le hace llegar las palabras del chileno a Rosas, el caudillo le escribe a su fiel confesora y le advierte sobre aquello que encuentra erróneo o exagerado.
Antes de publicar parte de la nota descriptiva de Guerrero y la respuesta de Rosas que se puede encontrar en misiva a Gómez, es muy interesante lo que puede darnos en elementos de una riqueza histórica-intelectual lo que sucede el 17 de enero de 1866 cuando estos dos hombres se juntan.
Rosas era un misterio para muchos europeos y para otros tantos sudamericanos. Su derrota en el Palomar de Caseros tuvo connotaciones extraordinarias, ya que se escribe la historia que impulsa escribir Mitre donde el caudillo pampa era el MAL y quienes lo combatieron (y seguían combatiéndolo) eran el BIEN. Tan sencillo, como escaso de ideas suena. Así se emprendió el camino de la historiografía argentina. Por lo que Rosas era imaginado con el sadismo de los antiguos reyes católicos o algunos tiranos emperadores de Roma. El hecho de conocer a ese hombre solo visto en retratos y que de él, solo se lo vinculaba al "terror", produjo en Guerrero un impacto importante que reconoce luego. Otra cuestión interesante es la diferencia que se ve entre lo que dice uno y otro en relación al físico de Rosas. Uno podría creerle al caudillo por ser él quien hace la aclaración a Josefa, pero también es cierto que Rosas era un hombre orgulloso. Orgullo bien adquirido como herencia genética de su padre Don León. Juan Manuel era un hombre tremendamente orgulloso, que jamás dejaría que lo vieran vulnerable o en la pobreza. Sus primeros años en Southampton se dividían entre reuniones de tipo aristocráticas y las salidas a la taverna del pueblo, mientras sus bienes eran injustamente confiscados. Aun en una situación económica apremiante, confiscado, sin más dinero que el de un préstamo gestionado por su amigo Palmerston, algo que le hizo llegar su amigo criollo don Juan Nepomuceno Terrero de la venta de la estancia San Martín (cuando lo desembargó Urquiza por unos meses) y un único dinero enviado por el "castellano", Rosas trató de mantener una posición social importante _aunque fuere aparentando- en tierras desconocidas, por ese orgullo de un hombre que nunca había sido pobre. Ese mismo orgullo se transforma en Rosas en una poderosa arma laboriosa, donde si el dinero no alcanza, es la tierra la que proveerá la riqueza. Por ello en esta misma reunión con Guerrero deja en claro que dignifíca este caudillo, que orgulloso de quien es, transforma lo que toca e independiente de las quejas que gritó por la ingratitud hacia él, de los gobiernos que le sucedieron, jamás permitió que lo adviertan viejo, pobre o vencido. Rosas y su orgullo cual fuere que tenga sentido, estaban erguidos como nunca. A veces se ve a tras luz, la dignidad y moral de los hombres en sus días de sosiego. Verlos altivos en sus victorias no es gran atractivo.
A continuación extractos de la visita del magistrado Ramón Guerrero Prado a don Juan Manuel de Rosas.
17 de noviembre 1866
<< A la villa de Portwood, situada a tres millas del puerto de Southampton, me dirigí acompañado del cura católico.
Después de cruzar un enlodado potrero, llegué a una pequeña casa, o más bien dicho un rancho. Envié con una criada al dueño de ella una tarjeta, en la cual indicaba mi edad,
acompañándola con una halagüeña recomendación de mi compañero cura. Mientras se me traía la contestación, me puse a examinar el exterior de la casa, y observé que estaba blanqueada, con un jardín al frente; a la izquierda una puer-
ta de maderos horizontales, y a la derecha había un callejón de carcas por el cual entraban las mulas a un corral.
Luego volvió la criada y nos abrió la puerta de la izquierda, diciéndonos que podíamos entrar. Atravesamos varias piezas, y si en ellas algo llamaba la atención, era la sencillez y la limpieza. Llegamos al dormitorio en donde se veían armarios llenos de libros, papeles repartidos por toda la mesa, varios
paquetes y maletas que contenían documentos, según supe después; una ancha cama, tres sillas, una jaula con un loro, una chimenea con un reloj encima y varios otros objetos insignificantes. Yo estaba viendo el título de algunas obras, cuando sentí pasos; al instante entró un hombre, a cuya presencia
temblé; era alto, robusto, ágil, muy encorvado (presentando sólo setenta y dos años, habiendo nacido el 30 de marzo de 1792), de frente espaciosa, completamente calvo, nariz algo pronunciada, labios algo echados hacia adelante, sin patillas ni bigote y parecía que no se había afeitado en cinco o seis
días. Estaba con un poncho de lana argentino, con cinturón de gaucho de las pampas, espuelas de plata con grandes rodelas y con zapatos muy ordinarios.
Una vez que entró en la pieza, se quitó el poncho y lo colocó sobre la cama, quedando en mangas de camisa, con un chaleco de pieles y un pañuelo que le servía de corbata. Así se veía al hombre, a quien llaman "el Salvaje de las Pampas", y que él se titula "Su Excelencia el Capitán General don Juan Manuel
Ortiz de Rosas". Este hombre extraordinario vive completamente aislado, jamás permite que se le vea, ni aún su hija doña Manuela Rosas, que sólo puede visitarlo una vez al año; y desconoce el idioma inglés, que no lo ha aprendido en trece años de residencia en Inglaterra. Si un americano logra turbar su retiro, le comunica (como
lo hizo conmigo) sus íntimos sentimientos, se engolfa en sus
desgracias, echa en cara a las repúblicas sudamericanas sus
ingratitudes, y recordando su dominación sobre el Plata, se le
comprime el corazón, las lágrimas se ven rodar por sus mejillas y continúa hablando con voz alterada, como yo mismo lo presencié.
Creo que las primeras palabras que me dijo, imitando a Mario, fueron éstas:
- Diga usted a sus paisanos los sudamericanos que ha visto
a Rosas...
Habiendo preguntado por su salud, me contestó sonriendo:
-No la cambio por la de un mozo de veinticinco años, y diga usted al general Blanco que el hombre que se anonada por la edad, ofende la ley divina, que hace igual la vida del anciano y la del joven >>
__ Como mencioné antes, Josefa Gómez le remite el artículo del chileno y Rosas le escribe a su amiga el 20 de septiembre de 1866. Entre otras cosas le dice:
//..."No estoy encorvado. Estoy más derecho, mucho más delgado y más ágil que cuando usted me vió la última vez. No me cambio por el hombre más fuerte para el trabajo y hago aquí, sobre el caballo, lo que no pueden hacer ni aún los mozos.
Tiro el lazo y las bolas como cuando hice la campaña a los
desiertos del Sur en los años 33 y 34.
No estoy completamente calvo, ni aún calvo. Me falta un poco de pelo al frente. Las patillas que uso, del todo blancas, son las mismas, casi, con que vine el 52. Eso de las barbas
como de cinco o seis días, es cierto, por economía solamente me afeito cada ocho días. Y por la misma necesidad de economizar lo posible, no fumo, ni tomo vino ni licor de ninguna clase. Ni tomo rapé ni algo de entretenimiento. Mi comida es
la más pobre en todo. Las espuelas que siempre tengo puestas no son muy grandes, son moderadas y del preciso tamaño para que puedan serme útiles. Nunca uso zapatos. Lo que siempre he usado y uso son botas. No es cierto que me titule
S.E. el Capitán General. No me nombro de otro modo sino Juan Manuel de Rosas y López ". //
En la reunión hubo elementos tan diversos y ricos que el artículo merecería mayor extensión. Rosas tenía una manera muy peculiar de desarrollar una charla ocasional. Podía pasar de un tema al otro y cambiar las emociones como quien cambia palabras. En esa reunión del invierno inglés, hablaron de todo:
de su amigo Palmerston, su muerte y le mostró dos bocetos de una relevancia histórica extraordinaria; la carta a la esposa de Lord Palmerston y parte de sus disposiciones testamentarias. Hablaron de Vicuña Mackenna y la indignación de Rosas por el artículo que lo tergiversada y en esos momentos (1861) enemistaba con Urquiza. Rosas lo llama su "enemigo" y fue algo que utilizó Guerrero para generar polémica.
La última parte de esta interesante visita, no tiene desperdicio, si tenemos en cuenta algunos deseos de Rosas y conceptos que pondrían colorados a aquellos que mezclan la historia con las ideologías, y la reacción de tal encuentro por parte del chileno. Para finalizar otro acto de noble picardía del Restaurador:
<< -¡Ah!-continuo-,mi paisano, en algo debía tenerme la Inglaterra cuando solicitó de mí, interpusiera mi influencia con los gobiernos de Chile y el Perú acerca de los bienes de Santa Cruz. Yo también siempre he querido a la Inglaterra y creo
que es la única nación con quien deben estrechar sus relaciones las repúblicas sudamericanas y tener confianza en ella. Cuando se me arrojó del Plata, los comodoros de Inglaterra y Estados Unidos me ofrecieron sus buques y aunque fueron éstos los primeros en hacerlo, no acepté, ni entré en explicaciones por la premura del tiempo, sino que me embarqué en
un buque inglés...".
En ese estado de la conversación, miré mi reloj, y vi que la visita había durado desde las cinco y diez minutos hasta las seis y veinte minutos. Resolví, a mi pesar, despedirme, aten diendo a la crítica situación de mi compañero, que no comprendía una palabra de español. Al ver Rosas nuestro ademán
de irnos, nos dijo: "Esperen, que hoy voy a hacerles poner el carro, para que los deje en la estación... "y, haciendo otra vez uso del cencerro, ordenó a la sirvienta que avisase cuando estuviese listo.
Al despedirme, tomó la vela y nos alumbró la escalera, y aquí me apretó fuertemente la mano.
Así dejé al hombre que más impresión ha hecho en mí; al
hombre cuyos hechos pasados le representan como la fiera que más daño ha hecho al mundo de Colón; al hombre que, según muchos conciudadanos, ha eclipsado los crímenes de Nerón, al que ahora, yace como él dice, abandonado de sus amigos, sin patria y sin fortuna, llamando la atención por su caridad, su constancia, y por el sacrificio que se ha impuesto, que algunos atribuyen que lo hace para purgar sus delitos. Aunque sea debilidad, yo no aborrezco el tan temido nombre de Rosas y simpatizo con su desgracia actual.
Yo le rogué que me diera el borrador de la carta de pésame a lady Palmerston, y consintió en ello; pero al sacar mi cartera
para guardarlo, como arrepentido, me dijo: "No, nadie ha obtenido esto de Rosas...". Volví a insistir, y
fue inútil mi empeño. >>
Aclaración: Las imágenes de Rosas en su senectud con pelo y patillas le dan la absoluta razón al caudillo.
Ricardo Geraci
Fuente de misivas y artículo de Ramón Guerrero Prado: El exilio del Restaurador./ Celina Doallo
Fuente de las imágenes: Rosas, el retrato imposible/ Carlos Vertanessian.
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